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Año X nº 5 Diciembre 2005 |
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Pintores al Agua |
No son muchos los que se encaminan al fondo del mar pertrechados de caballete y paleta. Pero sin duda son singulares, como singulares son sus obras.
ANTONIO ALONSO BARGUES
es pintor y buceador, en toda la amplitud de ambos sentidos. Nacido en Godella
(Valencia)
y residente en la
misma tierra, siempre ha estado vinculado a las
actividades artísticas. Después de pasar
por el diseño de pantalones
en una
empresa textil, unió
esa pasión al buceo y desarrolló toda una técnica para
pintar pantalones bajo el mar, en un tratamiento que además de hacer los diseños
permanentes, es un innegable reclamo publicitario.
Vitalista y creativo, comenta que su mayor pasión, siempre, es vivir la vida. Siete años lleva ya dedicado a pintar bajo el mar y en ese tiempo ha ido puliendo los detalles hasta conseguir que pintar sea un placer sin trabas: unos plomos de más en el cinturón para poder estar quieto, caballete estable de hierro, paleta de metacrilato, pinceles con plomito para que no huyan, ni focos ni linternas... Unos doce kilos de equipo para plasmar ese misterio que sólo se encuentra con varios metros de agua sobre la cabeza, una tarea que se complica en casos de corrientes y mar de fondo. Sin embargo, pese a que ha expuesto sus obras, no es asiduo en las galerías de arte. Asegura que a los ojos que saben ver, unos metros de profundidad no hacen desaparecer los colores, sólo los distorsionan. En lienzos de un metro por 0,75 cm., asegura que pinta "los colores que tienen las cosas, fuera del mar es donde son distintos por la luz del sol".
Mediterráneo de nacimiento y de sensibilidad, sus inmersiones se prodigan por la costa y las islas del Mare Nostrum. Y sus fans también se cuentan entre los habitantes acuáticos: cuenta que suelen merodear por el caballete y que incluso un mero se acercó a ver su obra y a dejarse acariciar. Tanta concentración y tanta sensibilidad a veces tienen su riesgo: en una ocasión se le acabó todo el aire, reserva incluida. Pero también tiene sus momentos espléndidos "cuando soy consciente de dónde vengo".
Sus veranos son productivos; 10 lienzos por temporada creados a una profundidad de 15 ó 20 metros, en inmersiones que duran hora y cuarto, todo lo que da de sí una carga de 15 litros. Inquieto y creativo, también ha probado a llevar modelo (una bailarina) pero se ha ido decantando por lo que encuentra, sin escenarios.
Alfonso
resume todo lo
vivido, todo lo plasmado, todo lo conseguido con una frase que es una
declaración
y a la vez un estandarte envidiable: "me siento feliz".
Por su parte, ALFONSO CRUZ llenaba su vida con dos temas: agua y óleo. Después de hacer la mili en la Marina, pasó a ser buceador profesional en unos reputados talleres de reparación de buques en el puerto de Barcelona y pintaba en su tiempo libre la naturaleza de la tierra. Y un buen día, en el avión que lo traía de New York después de una exposición, se le ocurrió fundir ambos.
En unos 20 años realizó 16 exposiciones individuales y 33 colectivas por Cataluña, Valencia, Madrid, Zaragoza, Alemania, EE.UU. y México. Se le considera representante del Realismo Mágico, al que añade un tinte de lenguaje expresionista.
Cruz se sumerge en el mar y
se imbuye en el cuadro, recoge su esencia y sale antes de consumir el aire de su
botella, con un control del tiempo que ya es deformación profesional. Con su
lienzo preparado con clorocaucho, la ligereza
del óleo bajo el agua y las
sorpresas que le depara el propio medio (en una inmersión, una medusa cayó sobre
su cuadro), Alfonso Cruz sigue tan entusiasmado como siempre. Asegura que vivir
la pintura y el buceo de esta forma es "como estar dentro de una obra de
Julio Verne".
Lejos del Mediterráneo, FELIX M. VILLALONGA es un cubano enamorado de su mar. Experto buceador con memoria fotográfica, vive en Isla Juventud, cerca de las instalaciones del Hotel Colony, el lugar destinado y acondicionado para el turismo de inmersión. Ha expuesto en la prestigiosa sala Fortuny de Barcelona y tiene contactos en Europa, pero no siente ningunas ganas de alejarse de sus aguas antillanas, de su clima permanentemente cálido, de la variedad de su vida submarina. Sus obras exhiben esa exuberancia, a la que añade una motivación ecológica, siempre latente en los enamorados de la vida en toda su variedad de formas.
Por su parte, MANEL GIL
es uno de los veteranos en el mundo de la pintura de temática submarina.
Buceador y fotógrafo desde hace varias décadas, de las miles de imágenes que
sacó en tantos años de inmersión ha ido creando obras pictóricas que tienen,
además de la magia de lo submarino, la magia añadida de verse en tres
dimensiones. Que sus obras se puedan ver así es producto de cientos de horas de
investigaciones, estudio y observación, algo que le condujo al secreto de la
profundidad de imagen, ese secreto que perseguía Picasso y por el que creó el
cubismo. Manel Gil ha estudiado a conciencia las frecuencias de ondas, las
escalas y temperaturas de color y cuanto de científico hay en la imagen, el
color, la refracción y el ojo humano hasta llegar a conseguir el efecto buscado.
Son imágenes de ese fondo marino que él ha frecuentado, ha fotografiado y ha
recorrido durante años. Hoy sus obras están presentes en el Salón Náutico, en la
Feria de Buceo y en todo certamen que se precie de tener juntos el mar y el
arte
.
Y de entre los pioneros
destacó VICENTE OLIVER. Con los ojos llenos de imágenes submarinas creaba
lienzos pletóricos de vida, de seres, de imágenes de un mundo lejano para la
mayoría de aquellos que en esos tiempos admiraban sus obras. Sus lienzos decoran
hoy las casas de los enamorados del mar, muchos de ellos socios de aquel Centro
de Recuperaciones e Investigaciones Submarinas (CRIS) que hicieron desear el
fondo del mar a todos los inquietos que sólo lo habían visto en superficie.
Pintores y buceadores que han sabido plasmar la fluidez del agua y del óleo en lienzos, que han capturado imágenes submarinas para que sean recuerdo permanente en las paredes de los enamorados del mar.
Marga Alconchel.
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