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Abril 2026 |
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Profundidades de los océanos permanecen desconocidas, mientras seguimos explorando el espacio exterior
Más de mil veces la presión del nivel del mar y oscuridad total; explorar los océanos es más difícil que viajar al espacio, pero de ello depende la supervivencia climática
Amparo
Castañeda | Hemos
fotografiado galaxias a millones
de años luz de distancia. Hemos
enviado sondas más allá del
sistema solar y puesto a más de
600 personas en órbita. Sin
embargo, en pleno siglo XXI,
seguimos sin conocer la mayor
parte de nuestro propio planeta,
como los océanos.
Más del 80% del océano permanece inexplorado. Y cuando se trata de sus zonas más profundas, el nivel de desconocimiento es aún más extremo: se estima que solamente hemos estudiado menos del 0.001%.
La comparación con la exploración espacial es reveladora. Mientras la humanidad ha invertido décadas y miles de millones de dólares en entender lo que ocurre fuera de la Tierra, el mundo que se encuentra bajo la superficie marina ha quedado, en gran medida, relegado.
Explorar el océano profundo es mucho más complejo que viajar al espacio por la hostilidad del mar
En el vacío espacial, el principal desafío es la ausencia de presión. En el océano ocurre lo contrario. A casi 11,000 metros de profundidad, en puntos como el Abismo Challenger dentro de la Fosa de las Marianas, la presión supera más de mil veces la que experimentamos a nivel del mar. Es una fuerza capaz de colapsar estructuras en cuestión de instantes. Cualquier vehículo que descienda a esas profundidades debe resistir condiciones extremas, donde un fallo mínimo implica una implosión inmediata.
A esto se suma la oscuridad
total. La luz solar apenas
penetra unos 200 metros en el
océano. Más allá de ese punto,
el entorno es completamente
negro. A diferencia del espacio,
donde los instrumentos pueden
captar señales a grandes
distancias, en el fondo marino
la visibilidad es prácticamente
nula y la comunicación se vuelve
limitada y poco fiable, ya que
las ondas de radio no se
transmiten eficazmente bajo el
agua.
El entorno, además, es dinámico
e impredecible. Corrientes,
variaciones de temperatura,
salinidad y un ecosistema en
gran parte desconocido
convierten cada inmersión en una
operación de alto riesgo.
Incluso los materiales se
degradan: el agua salada es
altamente corrosiva y afecta
equipos, sensores y estructuras.
A pesar de estas dificultades, ha habido incursiones puntuales. Menos de 30 personas han descendido hasta el punto más profundo del planeta. Entre ellas, el cineasta y explorador James Cameron, quien en 2012 realizó un descenso en solitario que evidenció tanto el avance tecnológico como las limitaciones actuales de la exploración oceánica.
Pero más allá del desafío técnico ¿por qué sabemos tan poco?
La respuesta es política y económica. La exploración espacial ha estado impulsada por intereses estratégicos: competencia entre potencias, desarrollo tecnológico, comunicaciones satelitales y, más recientemente, la posibilidad de colonizar otros cuerpos celestes. Instituciones como la NASA han canalizado inversiones multimillonarias bajo estos objetivos.
El océano profundo, en cambio, carece de ese mismo impulso geopolítico, a pesar de su relevancia crítica. Y esto representa una paradoja.
Porque lejos de ser un espacio vacío, el fondo marino alberga ecosistemas únicos. Existen formas de vida que no dependen de la luz solar, sino de procesos químicos, en entornos como las ventilas hidrotermales. Organismos capaces de sobrevivir en condiciones extremas han llevado a replantear hipótesis sobre el origen de la vida en la Tierra e incluso sobre la posibilidad de vida en otros planetas.
Además, el océano juega un papel central en la regulación del clima global. Actúa como uno de los mayores sumideros de carbono del planeta y es clave en la distribución de calor a través de corrientes marinas. Su alteración podría tener consecuencias directas en los sistemas climáticos que sostienen la vida tal como la conocemos.
El desconocimiento además de una limitación científica, se vuelve un riesgo.
Paradójicamente, hoy sabemos más sobre la superficie de Marte que sobre vastas regiones de nuestros propios océanos. La humanidad ha mirado hacia el cielo en busca de respuestas, mientras el entorno más cercano sigue siendo, en gran medida, un territorio inexplorado.
La exploración espacial continuará avanzando, impulsada por ambiciones tecnológicas y estratégicas. Pero quizá el mayor vacío de conocimiento no esté a millones de kilómetros de distancia, sino bajo la superficie del planeta que habitamos.
Entenderlo va más allá de la curiosidad, podría significar una cuestión de supervivencia.
ESCAFANDRA/tvazteca
Buceador turco bate el récord de la inmersión más larga en aguas frías
El instructor turco de buceo Mazlum Kibar ha conseguido establecer un nuevo récord mundial Guinness por la inmersión en mar más larga del mundo.
Entró
en el mar Egeo, a 12 °C, junto
con su equipo de apoyo en la
playa de Mimoza, en la ensenada
de Anzac, en la península de
Gallipoli, en Turquía, a las 7
de la mañana y permaneció a una
profundidad de 7 metros durante
36 horas, 9 minutos y 36
segundos antes de emerger la
noche siguiente.
El récord anterior lo ostentaba
Cem Karabay, compatriota de
Kibar, quien permaneció bajo el
agua durante 30 horas y 20
minutos en abril de 2018,
también en Gallipoli (Çanakkale).
Karabay ostenta numerosos
récords de resistencia tanto en
aguas frías como cálidas.
La inmersión de Kibar duró
casi un 20% más que la de
Karabay hace ocho años. Un juez
de los Récords Mundiales
Guinness (GWR) viajó desde
Portugal para supervisar el
nuevo intento y pudo confirmar
el récord y otorgar el
certificado en el lugar.
Kibar, de 32 años y residente en Estambul, dedicó su inmersión récord al aniversario de la victoria naval otomana en Galípoli el 18 de marzo de 1915, y al Día de Conmemoración de los Mártires.
Su intento se produjo tras una inmersión de prueba de 13 horas. Kibar utilizó una máscara de buceo integral, que se quitaba intermitentemente para alimentarse. En lugar de depender de ella para comunicarse durante un periodo tan prolongado, él y sus buceadores de apoyo utilizaron pizarras. Los miembros del equipo también le dieron masajes para ayudarle a mantener la circulación en el agua fría.
Kibar, que empezó a bucear siendo adolescente en 2011, espera emular a Karabay y establecer múltiples récords en diversos entornos, incluyendo no solo en mares frios, sino también piscinas cerradas, lagos y mares cálidos.
“Como equipo de 75 personas, logramos este increíble hito con dedicación y unidad”, dijo tras la inmersión. “Cada momento demostró el poder de la perseverancia y el trabajo en equipo. Sigamos superando los límites juntos”.
ESCAFANDRA/dn
Hallan el buque insignia danés Dannebroge después de 225 años
Arqueólogos marinos han identificado los restos del acorazado danés Dannebroge, perdido durante la batalla de Copenhague en 1801, en aguas cercanas a la capital danesa.
Tras
haber permanecido oculto por más
de dos siglos en las
profundidades del puerto de
Copenhague, arqueólogos marinos
han localizado los restos de un
emblemático buque de guerra
danés que fue hundido por el
almirante Horatio Nelson y la
armada británica. El hallazgo se
produce en un contexto de
urgencia arqueológica, debido al
avance de proyectos urbanísticos
en la zona.
Los especialistas se enfrentan a condiciones extremas, operando entre sedimentos de gran grosor y con una visibilidad prácticamente nula a 15 metros bajo el nivel del mar. Los buzos trabajan en una carrera contra el tiempo para rescatar lo que queda del Dannebroge, una embarcación del siglo XIX, antes de que el sitio sea transformado en una zona de construcción para un nuevo barrio residencial que se levanta frente a la costa de Dinamarca.
El Museo de Barcos Vikingos de Dinamarca, institución que coordina estas complejas excavaciones submarinas iniciadas hace meses, presentó los resultados de sus trabajos el pasado jueves. La fecha coincide simbólicamente con el cumplimiento de los 225 años de la histórica Batalla de Copenhague, ocurrida en 1801.
Respecto a la relevancia de este descubrimiento, Morten Johansen, quien se desempeña como jefe de arqueología marítima de la institución mencionada, destacó el valor histórico del navío:
A pesar de que existen múltiples relatos históricos sobre este enfrentamiento naval escritos por observadores de la época, Johansen señaló que aún persisten incógnitas sobre la experiencia real de los marineros. “En realidad no sabemos cómo era estar a bordo de un barco siendo destrozado por buques de guerra ingleses, y probablemente podamos averiguar parte de esa historia viendo los restos del naufragio”, explicó el experto sobre el potencial de la investigación actual.
Durante la histórica Batalla de Copenhague, la flota británica liderada por Nelson ejecutó un ataque decisivo contra la armada danesa, la cual había establecido un bloqueo defensivo en las inmediaciones del puerto local.
Este violento encuentro naval, que se extendió por varias horas, se saldó con miles de fallecidos y heridos, siendo catalogado como una de las intervenciones militares más significativas de la carrera de Nelson. El objetivo estratégico del ataque era forzar la salida de Dinamarca de una coalición de potencias del norte que incluía a Rusia, Prusia y Suecia.
El destino del buque insignia
En el epicentro del conflicto se hallaba el Dannebroge, el buque insignia de la flota danesa que estaba bajo la dirección del comodoro Olfert Fischer.
Esta embarcación, que contaba con una eslora de 48 metros (157 pies), se convirtió en el blanco primordial de los ataques de Nelson. La artillería británica logró perforar la cubierta superior del navío, y el uso de proyectiles incendiarios terminó por desatar un incendio incontrolable en el barco.
Sobre la brutalidad del combate, Johansen describió un escenario desolador para los tripulantes:
- “Estar a bordo de uno de esos barcos era una pesadilla. Cuando una bala de cañón impacta en un barco, no es la bala en sí lo que causa el mayor daño a la tripulación, sino las astillas de madera que salen volando por todas partes, como si fueran restos de una granada”
El enfrentamiento también es recordado por la anécdota que supuestamente dio origen a la expresión “hacer la vista gorda”. Nelson, quien carecía de visión en su ojo derecho, decidió ignorar deliberadamente las señales de retirada enviadas por un superior, comentando: “Solo tengo un ojo, tengo derecho a estar ciego a veces”.
La batalla concluyó cuando el almirante británico propuso una tregua, que derivó en un cese al fuego acordado con el príncipe heredero Federico de Dinamarca.
Reliquias rescatadas del abismo
Tras el combate, el Dannebroge quedó gravemente dañado y se desplazó hacia el norte hasta que finalmente explotó. Las crónicas de la época aseguran que la detonación generó un estruendo ensordecedor que se sintió en toda la capital danesa.
En las excavaciones actuales, el equipo de arqueólogos ha logrado recuperar diversos objetos de gran valor histórico, entre los que se encuentran:
- Dos cañones de artillería.
- Fragmentos de uniformes e
insignias militares.
- Calzado, botellas y otros
artículos personales.
- Una porción de la mandíbula
inferior de un marinero,
perteneciente probablemente a
uno de los 19 tripulantes que
figuran como desaparecidos tras
el siniestro.
El terreno donde reposan los restos quedará pronto sepultado por la construcción de Lynetteholm, un ambicioso megaproyecto urbano que busca edificar un nuevo distrito en el puerto de Copenhague, con una fecha estimada de finalización para el año 2070.
Las labores de prospección iniciaron a finales de 2023, enfocándose en las coordenadas exactas que coincidían con la ubicación final registrada del buque insignia danés.
Los peritos han confirmado que las dimensiones de los maderos hallados concuerdan con los planos antiguos del navío. Asimismo, pruebas de datación dendrocronológica (análisis de los anillos del árbol) han verificado que la madera corresponde al periodo de construcción de la nave. Sin embargo, el sitio presenta riesgos constantes para los buzos, ya que el lecho marino está plagado de balas de cañón sumergidas en la oscuridad.
Marie Jonsson, arqueóloga marítima y buceadora del proyecto, relató las dificultades sensoriales bajo el agua:
“A veces no se ve nada, y entonces uno tiene que guiarse por el tacto, mirar con los dedos en lugar de con los ojos”
Este evento bélico de 1801, ampliamente documentado en el arte y la literatura, constituye un pilar fundamental de la identidad histórica de Dinamarca.
Con estas investigaciones, los arqueólogos aspiran a ofrecer una nueva perspectiva sobre el suceso que marcó el futuro de la nación escandinava, permitiendo conocer los relatos individuales de quienes combatieron en aquella jornada de hace más de dos siglos.
“Hay botellas, cerámica e incluso cestas. Te permite conectar mejor con la gente a bordo”, concluyó Jonsson sobre la importancia de los hallazgos domésticos encontrados en el naufragio.
ESCAFANDRA/kchcomunicacion
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Coral Gardeners y Sylvia Earle impulsan un nuevo proyecto para proteger los océanos
La legendaria exploradora marina y el colectivo Coral Gardeners se reunieron en Tailandia en el marco de la iniciativa Rolex Perpetual Planet para restaurar uno de los ecosistemas más amenazados del planeta.
Fernando
Gómez | Los océanos cubren
más del 70 % de la superficie de
la Tierra y, sin embargo, siguen
siendo uno de los territorios
más frágiles del planeta. En el
golfo de Tailandia, donde viven
más de 300 especies de coral, el
aumento de la temperatura del
agua y los fenómenos de
blanqueamiento están poniendo en
riesgo ecosistemas enteros y a
las comunidades que dependen de
ellos.
En ese escenario se cruzaron
dos generaciones de defensores
del océano: Sylvia Earle, una de
las exploradoras marinas más
influyentes del mundo y
Testimonial de Rolex desde hace
décadas, y Titouan Bernicot,
fundador de Coral Gardeners, un
colectivo internacional dedicado
a restaurar arrecifes.
Su encuentro en las islas tailandesas de Koh Mak y Koh Kood forma parte de la Iniciativa Rolex Perpetual Planet, un programa que impulsa proyectos científicos y ambientales destinados a proteger los ecosistemas del planeta.
Restaurar los jardines del océano
Coral Gardeners nació en 2017 en la Polinesia Francesa con una misión clara: restaurar arrecifes dañados y devolverles vida. El método combina ciencia, tecnología y trabajo comunitario. Los investigadores recolectan fragmentos de corales resistentes, los cultivan durante años en viveros y luego los reintroducen en los arrecifes para reconstruir el ecosistema.
Hasta ahora, el equipo ha logrado plantar más de 200.000 corales y abrir nuevas sedes internacionales para expandir su trabajo.
La nueva filial en Tailandia marca un paso importante para la organización. Allí se construyó el primer vivero terrestre de Coral Gardeners en el sudeste asiático, capaz de albergar hasta 40 tanques y cultivar decenas de miles de corales, que luego serán trasplantados a los arrecifes cercanos.
Un posible nuevo “Hope Spot”
La visita de Sylvia Earle tiene también un objetivo estratégico. La oceanógrafa fundó la organización Mission Blue, que identifica zonas marinas clave para su conservación, conocidas como Hope Spots.
El equipo espera que las aguas alrededor de Koh Mak y Koh Kood puedan convertirse en el primer Hope Spot del golfo de Tailandia, lo que aumentaría las posibilidades de protección y visibilidad internacional para la región.
Estos espacios son considerados esenciales para la biodiversidad marina y para las comunidades que dependen de los océanos para vivir.
El corazón azul del planeta
Con más de 7.500 horas de exploración submarina y más de cien expediciones científicas, Sylvia Earle lleva décadas defendiendo la idea de que el océano es el verdadero sistema vital de la Tierra.
Hoy, el movimiento global impulsado por Mission Blue busca proteger al menos el 30 % de los océanos del mundo para 2030, una meta considerada clave por científicos y organizaciones ambientales para preservar la biodiversidad marina.
“Ninguna persona puede hacerlo todo, pero cada persona puede hacer algo. Juntos realmente podemos marcar la diferencia”, suele decir Earle.
Ciencia, juventud y océanos
El trabajo de Coral Gardeners también apunta a algo más amplio que la restauración de arrecifes: crear una nueva generación de defensores del océano.
A través de ciencia, tecnología y una fuerte presencia en redes sociales, el colectivo busca acercar la conservación marina a públicos más jóvenes y demostrar que proteger los arrecifes es también proteger la vida en la Tierra.
En ese contexto, iniciativas como Perpetual Planet de Rolex buscan impulsar proyectos científicos, exploración y programas de conservación que contribuyan a preservar el equilibrio de los ecosistemas.
Porque, como recuerdan quienes dedican su vida a estudiar el mar, el futuro del planeta sigue dependiendo del corazón azul que late en sus océanos.
ESCAFANDRA/mc
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